viernes, 26 de diciembre de 2008

Un hombre al que idolatro


Vino a cambiar el fútbol con su imagen. Nada más estrenarse en el Camp Nou marcó un gol acrobático e imposible al Atlético de Madrid, dando un salto de karateca. Trastocó la liga española y se llevó por delante el año de su debut al equipo protegido de Franco. Con sus compañeros Marcial, Asensi, Rexach y compañía le endosó un 0 a 5 en el Bernabéu a la mafia blanca. Vengó tanto tiempo de latrocinio impune y dijo verdades como puños cuando declaró que el Real Madrid siempre comenzaba las temporadas con catorce puntos de ventaja por los robos arbitrales. Fueron a por él los defensas. Pretendieron lesionarlo a patadas, sobre todo el colchonero Panadero Díaz o aquel Aguirre Suárez que defendía al Granada. Pero él volaba por encima de las piernas que trataban de cortarle el paso cual espadas. Sólo Diego Armando Maradona puede comparársele en calidad de juego y Michel Platini también, sobre todo por el parecido físico entre ambos. Eran flacos. Su cambio de ritmo fue el mejor jamás visto. Sus regates, asistencias, disparos, centros, visión de juego y capacidad de dirección sobre los compañeros en el campo fueron una muestra sublime de pura inteligencia futbolística. Nunca quise dejarlo de ver jugar ni que pasara el tiempo y se retirara. Quisiera conocerle en persona, pero creo que me moriré sin conseguirlo, como ocurre con tantas cosas. Me gustaría exponer aquí unos versos que le escribí hace unos años como prueba de mi devoción forofa:

Yo vi un Ulises de lacia cabellera flameante
galopando por esos campos de batalla de los hombres
y sorteando sobre la hierba las enemigas lanzas.
Saltar sobre los vencidos, engañarlos, y luego huir
a un panteón de postes de madera blanca y mallas.

Creo que quise reconocer en él al mercúrico centauro
mitad ecuestre y mitad humano, cuando observé el rápido
venablo mortal que zigzagueaba en los dones a su paso.
Observé la faz limpia y joven, el orgullo y astucia fácil
de los semidioses en jactancia. Elaboraba insolente
pases extraordinarios y cambiaba de ritmo, trepidante.
¡Parecía tan frágil cuando volaba a rematar por alto!

Yo vi oponerse un entrechocar de dioses en el marcaje
con el que un defensa líbero un día fue a enfrentársele.
Miré por primera vez los devaneos y divagaciones
de dos estrellas que se neutralizaban. Un encuentro extraño,
fatigoso, con dos titanes debatiéndose hasta la sangre.

De aquello no me queda sino un rumor imperceptible.
Multitudes que no lo contemplaron y de él nada saben.
Un paciente enfermo del corazón que sufrió un desmayo.
Pero él dio a las masas los ritos de las celebraciones,
electroshocks atronadores, incursiones como relámpagos.

Él convirtió en desierto terrenos enmarañados, inventó desde sí
goles inverosímiles, sartas insólitas de jugadas inesperables,
centros de pánico, regates parafernales y disparos irreversibles.


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