martes, 12 de diciembre de 2017

De un poeta virtuosista, parnasiano y decadente

 
Julio Aumente Martínez-Rücker
(Córdoba, Andalucía, 1921 - 2006)
Poeta
 
SONETO AL DESCENDIMIENTO
 
Dura amatista, claros cuarzos fríos,
topacios como tigres sosegados,
muerto rubí de rayos apagados
que turbia luz desata en rojos ríos.
 
Verdes berilos, ópalos sombríos
derramen su fulgor en tus costados.
Y a tus dulces cabellos desatados
ciñan corona los suspiros míos.
 
Apresten para ungir su puro aliento
ánforas griegas, vasos de alabastro,
sutil perfume que aprisione el viento.
 
Desciende el cuerpo, muerto, en lento vuelo
—breve carne mortal—, que en llanto besan
manos de amor y sábanas de hielo.
 
 
 
Julio Aumente (a la izquierda de la imagen) con el poeta Pablo García Baena (Córdoba, 1923) y el pintor Miguel del Moral (Córdoba, 1917 - 1998), los tres pertenecientes al grupo artístico "Cántico"
 
NADIE OTORGA...
 
Pide al invierno que florezca
de repente entre su nieve,
pide al hermano que deje cegar a su hermano,
a una celda vacía la tristeza del prisionero,
pide al pájaro que no cante.
 
Pide a un árbol seco su agua,
pide a la raíz su amor a la tierra,
pide a las nubes sus suspendidos diamantes,
intenta arrebatar su cuerda al suicida.
 
Pide a la tormenta sus terrores,
su cárdena luz al relámpago,
pide al mar su difusa esmeralda,
pide al cielo sus disueltos zafiros.
 
Al desierto sus huesos o su amarilla arena,
al moribundo que no invoque a su Dios,
a un tigre que renuncie a su presa,
al cardenal que pisotee su púrpura.
 
Pide al amigo, al hermano, a los amantes
la voz de sus gargantas o que sellen sus labios,
pide un ácido sobre sus ojos
y que nunca puedan ver más la hermosura.
 
Pide al cielo y a la tierra. Pide en vano.
Sólo oirás tu voz. Nadie otorga sino silencio.
 
 
Julio Aumente en el invierno de sus últimos años
 
BERGAMASQUE
 
Nunca creí que existieses, belleza tal,
ciudad no imaginada al remontar de una colina,
hallada de súbito como en espacios distintos
donde llegaras, vuelta atrás, por el túnel del tiempo.
 
Las esclusas del cielo se vierten y no cesan
—apretadas columnas de agua
chapoteando en las losas,
grandes losas rosadas de mármoles—,
azotando los flancos sedosos de los leones
de piedra anaranjada, pasantes
en la Piazza del Duomo de Bérgamo.
 
Villa soñada en los frescos de un primitivo, imaginas
amuralladas torres ornadas de gallardetes,
lanzas o paveses, cabe el discurrir sosegado
del patricio con los pajes o edecanes de su compañía.
 
Lástima de aquellas estancias de altas bóvedas
barrocas de cortinajes adamascados y deshechos;
a través de los cristales y su vaho plateado
el verdor del jardín se trasluce
tras el tapiz de la lluvia.
 
Lástima de aquellas tardes de larga tensión crispada
—silencios cargados de oprobiosos presagios—,
donde Lady Eduarda con su torpe frialdad
despreciara al amante,
que absorto con miradas la solicita,
pesando más sobre la tosquedad
el encanto de su hermosura.
 
Ente sinuoso de exquisita apariencia
—tal vez si no hablase lo adorarías—.
Los desbordados ríos debieron llevarte entonces
desapareciendo inmortal,
tal la reina de las espumas.
 
Lluvia monótona, silente, bergamasque suite
tejida en largas músicas en el Palazzo Ducale...
 
Nunca volveré a verte,
irreal ciudad desvaída,
belleza autumnal, muerte,
sobre los leones de piedra.
 
 
La Piazza Vecchia de Bérgamo
 
LA VITA NON À SENSO
 
De azul desvaído, casi violeta, eran sus ojos,
ausente y fija te miraba como a extraño,
deshilachado el rubio cabello escaso ya,
hundidas sus cuencas en líquido fulgor.
 
Ahora, la recuerdo como una sombra huyente
errando por el caserío silencioso,
por los oscuros rincones,
subiendo pino escalón fatigoso y largo
que hacia el solitario desván conduce.
 
Allí permanecía horas y horas, tal en su reino.
Extensa sala repleta de cofres cerrados,
sillones de peluche,
altos tocadores de espejos girantes,
familiares retratos olvidados y polvorientos.
 
Era la abuela de mi materno abuelo ya difunto,
Princesa Camerino y de Macchia
en el Reyno de Nápoles;
ahora ya no, sino un espectro,
aún entre los suyos
—su hija había muerto de veinte años—.
 
Tiempos después visité su país adorable,
curioso anhelo por revivir su memoria.
Preguntando por el Palazzo Camerino,
de repente, entre empedradas callejas,
ante él me encontré.
 
Estaba en pie, partidas las altas estancias,
sus inmensos salones, en pequeños pisos, divididos.
Artesonados de oro, los pintados techos,
Dianas y Adonis, cortados en dos
por la cal y la mugre de los tabiques.
 
Dobles galerías, pretiles calados
sobre el patio de carruajes,
flanqueando a la calle por enorme portalón,
maderas y bronces en otros días lucientes,
ornados con las armas y pretenciosos escudos.
 
 
Palacio Ducal de la ciudad de Camerino donde hoy se ubica su universidad
 
Abuela Camerino, ya no habitan
el palazzo tus padres o los parientes obsequiosos,
ni la bullente multitud de niños, figli o nepoti,
vestidos de seda rizada y ensortijadas cabelleras...
 
Ya no sonríes al postillón, al descender vana y joven
de la áurea carroza, en el patio de gruesas guijas,
donde el estribo te sostiene el empolvado lacayo
—ligera y gentil subes
la ancha y marmórea escalera—.
 
Tal fuera mejor lo que ocurrió; dejaste Nápoles.
Varada en Córdoba, entre el ciprés y el azahar,
mar cruel te arrebató el amor, y la tierra, a tu hija,
casi al mismo tiempo.
Te encontraste como un árbol desnudo.
 
Lejos quedaba asaltado por los hoy sus dueños,
el palacio paterno, asolado, de paredes leprosas,
añorado jardín cerrado de altos muros,
donde, en fuentes de mármol, rientes,
hilabas tus deseos.
 
Por entonces ya eras el huésped raro
—aún entre seres de tu sangre, "la extranjera"—.
Sola entre cuerpos próximos,
terrible y ausente mirada,
hermoso pájaro reducido a vivir
en jaula demasiado pequeña.
 
Un día nos dijeron —después de peinarnos—:
"La abuela Camerino ha muerto;
pasad a despediros".
Entramos en tu cámara,
sin emoción y con los ojos secos,
descarnada crueldad de la infancia indiferente.
 
Tendida, como pluma leve, casi polvo indeciso,
irreal tu cuerpo se hallaba.
Una sonrisa gris, desconocida, apenas en tu rostro,
paz y dicha aquella que siempre se te negó,
a ti volvió entonces, florecido milagro,
Myosotis de tus ojos, como cuando me decías, silente,
 
Caro Giulio, la vita non à senso...
 
 
Nápoles
 
RENDEZ-VOUS
 
Todos los días te veo, me miras de soslayo.
Con los libros al brazo, vas con tus compañías;
te sacudes la lluvia del mojado cabello
y entramos en tropel al caliente autobús.
 
Nos empujan, nos llevan a un rincón, el más cálido,
rodeados de paraguas húmedos o de abrigos;
sin hablar, sonreímos. Bajo la gabardina
busco hallar tu caliente mano en mi mano fría.
 
Tu hermosura la gritan todos tus camaradas,
no lo saben por qué, mas repiten tu nombre.
Belleza llega a todos de maneras distintas,
nadie es inmune a su absorbente encanto.
 
Tu pierna, con mi cuerpo, y tu cintura, oprimo;
la espalda, muelle y dulce, en mí va reclinada.
Cuatro manos aleves buscan placer secreto,
delicia en el vaivén de los transportes públicos.
 
 
Autobús madrileño de 1962
 
VIOLACIÓN
DEL OBISPO DE FANO
 
Violeta son sus ojos, violetas sus vestidos
y violeta sombríos los fatigados cercos
de sus ojeras, tanto cabalgó
para llegar al alba a su palacio,
el joven, apenas consagrado obispo de Fano.
 
Se aguarda en la antecámara, ruido de espuelas,
charlas de cortesanos aún cubiertos de polvo.
Se espera al Valentino, César,
hijo de Alejandro, Sexto Pontífice
—el Toro Borgia sobre la silla de San Pedro—.
 
Gonfaloniero del Ejército del Papado,
su ambición es terrible y también su lujuria.
Piafan los caballos en el patio de piedras,
las trompetas ya claman su estridor y sonar.
 
Cubierto de joyas, tierra, sudor y sedas,
entra el Valentino, hinca su rodilla
y besa reverente la mano de Monseñor.
Puesto en pie, apenas, lo apresa
mordiendo la asombrada boca grana,
la aprieta y rasga con estertor de lobo;
 
le desgarra las ropas a puñados y con puñal al cuello
lo reduce. A la vista de todos, pasivos en su horror,
viola al joven obispo mientras
a dentelladas marca su cuerpo.
 
Después, sin palabras, vuelve la espalda y sale.
Tendido queda y sollozante el juvenil despojo.
 
Meses poco después, de vergüenza —y de sífilis—
muere el joven obispo de edad de veinte años.
 
[Poemas extraídos de Aumente, Julio: Bellezas y arpías (Antología poética), Sevilla, Editorial Renacimiento, 2017, 1ª edición, (selección y prólogo de Luis Antonio de Villena), pp. 215, pvp: 11'44 euros]
 
 
El diseño de la cubierta es de Marie-Christine del Castillo

1 comentario:

  1. Hay grandes poetas que no llegan al publico, salvo al publico especialista, no les resta merito, lo que he leído me ha gustado

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